A falta de unos pocos minutos para que fueran las nueve de la noche, muchos patrulleros se encontraban rodeando la Torre Akropolis de Los Ángeles, de manera desordenada, lo que alertaba que la situación en el interior del edificio no era sencilla. Para colmo, unos instantes después, un helicóptero encendido fuego cayó en picada sobre varios vehículos provocando una explosión que acabó no sólo con estos sino también con un sinfín de vidas. Los policías del lugar, y también varios ciudadanos, no parecían dar crédito a lo que estaba sucediendo.
Un sedán crema, de techo negro, estacionó de repente en medio del caos. El motor se apagó, al igual que las luces delanteras y traseras; la puerta se abrió y la figura de una mujer de cabellos rubios, cuya apariencia no parecía superior a los veinte años, hizo acto de presencia. Caminaba con seguridad, como si supiera a la perfección lo que tenía que hacer. Se trataba de Aya Brea, quien pertenecía al Equipo de Investigaciones Mitocondriales (MIST) del FBI. No se encontraba allí de casualidad, había sido enviada a cumplir con su trabajo.
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