3 feb. 2017

En la hora y de celeste


Uruguay consiguió hoy ante Brasil una victoria de esas que contagian y mucho. Fue 2-1 y en el marco del Sudamericano sub-20. Pero no puede computarse como una más; no solo por el rival, de importante nombre, sino por la forma en que se obtuvo. El balón largo de Waller ya en tiempo agregado y el perfecto control de Viña, quien luego terminaría empujando la pelota al fondo de la red, parecieran resumir a la perfección lo que fue la selección uruguaya en el segundo tiempo.

Pero aunque parezca una redundancia, empecemos por el principio. El primer tiempo de Uruguay me resultó un tanto decepcionante. Es cierto que la situación de gol más tempranera fue Celeste, pero con el transcurrir de los minutos, entre imprecisiones nuestras y una clara orden de esperar al rival, retrocedimos y cedimos completamente la pelota a los brasileños. A veces uno piensa equivocadamente que esperando y retrocediendo minimizamos potenciales riesgos, pero eso no es cierto. Y menos si el rival es Brasil. Y menos si este Brasil suelta los laterales y maneja la pelota a su antojo, combinando de un lado a otro, dando lugar a que ocurran rupturas en la defensa de su rival.

El riesgo que no se toma al adelantarse y buscar el arco rival, se convierte de manera automática en riesgo a que sea el propio Brasil quien suelte más jugadores para hacer daño en ataque. Su principal arma.

A su vez hay otra cosa a considerar del partido de hoy en el primer período que también sirve como lección. Si te dispones a defenderte muy atrás, con todos tus hombres cerca del área, posiblemente atasques un poco la fluidez de la posesión de pelota del rival, pero, ¿y al recuperar la pelota? Se pierde. Y cerca de tu arco, lo cual sí que es un riesgo.

Para fortuna de todos los uruguayos en el segundo tiempo y tras ir en desventaja, hubo ciertos cambios que al menos a mí me resultaron alentadores. No hablo de cambio de hombres, que no los hubo, pero sí de la disposición en la cancha. Uruguay, producto de la necesidad, ya no se encontraba tirado atrás. Cierto es que esto hizo que Brasil tuviera espacios y los aprovechara, no convirtiéndolos en goles pero sí en situaciones que a la postre fueron fallidas. Pero aun así era alentador, porque de esta manera las posibilidades de acercarnos al arco rival eran mayores.

El gol vino de la pierna zurda de Rodrigo Amaral, el futbolista uruguayo con más calidad de esta selección. El partido del tricolor no había sido destacable hasta ese momento. Falló en pases, no aprovechó un tiro libre y así podemos seguir. Pero la calidad que tiene todos se la conocemos. Incluido Coito. Amaral siguió en cancha y demostró por qué. Pelota que llega peinada del delantero número nueve celeste, la controla y la pone, desde lejos, al único punto en el cual el arquero brasileño prácticamente no tenía margen de respuesta. Golazo.

Este gol significó muchas cosas en todo el equipo. En primer lugar, dejaba atrás un período inicial para el olvido y daba la pauta de que más adelante y pensando en el arco de enfrente, Uruguay podía hacer daño. Pero también tuvo una connotación mental, que afectó a propios y ajenos. Así como Amaral no había tenido un buen inicio de partido, el resto de los Celestes tampoco habían destacado a la hora de manejar la pelota. Tras el empate la cosa cambió. De La Cruz apareció un poco más y se lo vio con más energía que hasta los minutos anteriores; los mediocampistas, como Waller, fueron más precisos y se animaron más. Todo producto del efecto del gol. Brasil también lo sintió.

Luego vendrá la expulsión de un futbolista brasileño, Uruguay tendrá más margen para manejar el partido y se irá, sin ser excesivo, adueñándose de la pelota. Brasil comienza a ser más impreciso y el partido se aleja bastante de lo que fue el primer tiempo. Porque los mediocampistas brasileños ya no la manejan en tres cuartos, porque los laterales no se suman por fuera como extremos. En los minutos finales vendrá la segunda expulsión de Brasil, quien quedaba con nueve futbolistas para el tiempo añadido.

Y acá ocurre lo que a veces vemos en una película. La última pelota del partido, despejada como se puede por Brasil, le cae en la mitad de la cancha a Waller. Quien dudo sinceramente si le apuntó a alguien o la puso allí estimando la cantidad de camisetas celestes que vio. Sea como sea, y tras ver a varios uruguayos saliendo del offside, hay uno que aparece corriendo hacia adelante y habilitado: Matías Viña. Es Viña quien pareciendo Bentancur controla perfectamente una pelota con la punta de su botín y descoloca al arquero brasileño quien sale esperando otra trayectoria de la pelota. Viña terminará empujando la pelota hacia el arco rival y Uruguay pasará al frente en el marcador.

La victoria se festeja y mucho, por el rival, por el minuto en que se da, y también por quién lo hace. Me puse muy contento porque tal vez esta sea la muestra, y va para todos, de que este Uruguay, con los futbolistas que suele alinear en su once inicial —sobre todo pensando en los dos partidos ganados en el Hexagonal—, tiene armas para pensar en el arco de enfrente. Y que no hacerlo solo terminará beneficiando al rival. Pensar en el arco de enfrente, los noventa minutos, de eso se trata. Ojalá Coito se dé cuenta y lo pida más seguido. Los jugadores ya respondieron y saben hacerlo.

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