29 may. 2017

De curvas lentas a máxima velocidad


Ayer por la tarde me encontré en la televisión las 500 Millas de Indianápolis. Se trata de una de las carreras más importantes del automovilismo a nivel mundial, y cuenta con más de un centenar de ediciones. Recordé que correría Fernando Alonso y sentí curiosidad por verla hasta el final. En ese entonces, irían unas treinta vueltas de las doscientas.

La Fórmula 1 suelo verla de vez en cuando — antes era extraño que me perdiera un Gran Premio — , no así la Indy Car. Sin embargo, esta carrera, además de la importancia en sí misma, contaba con un aspecto poco habitual y sumamente novedoso: un piloto de Fórmula 1, en activo, correría en la Indy Car llegando exclusivamente para esta carrera. Así como yo, imagino que muchos amantes de la máxima categoría querían disfrutar del piloto español en un auto nuevo y en una pista con forma de óvalo.

Un auto de color naranja con un 29 robusto y azul, corriendo a más de 300 kilómetros por hora, girando y girando en el circuito entre muchos otros autos. Así Fernando Alonso, con buenas maniobras ocupaba las primeras posiciones. Cuarto, tercero, segundo. Parada en pit, décimo, sexto, y de nuevo en los primeros lugares.


Los comentaristas expertos de la transmisión decían que el motor Honda — junto a Chevrolet, las únicas dos marcas de motores en la Indy Car — alcanzaba unas cuatro o cinco millas más sobre el final de las rectas frente al Chevrolet, pero que su fiabilidad era sensiblemente menor. Razón no les faltó, porque más de un piloto de Honda se vio obligado a abandonar por rotura de motor. Inclusive Alonso.

Aún así la carrera continuó y la vi hasta el final. Takuma Sato y Castroneves compitieron de maravillas las últimas vueltas, superándose entre sí hasta que el japonés — ex F1 — volvió a liderar a falta de tres o cuatro vueltas y ya no fue superado, cruzando la bandera a cuadros antes que nadie. La lucha del final a pura velocidad y con los autos a escasos segundos de diferencia entre los primeros puestos, me hizo ver una carrera que es casi imposible de ver en Fórmula 1.


Las pistas marcan diferencias notorias entre ambas competiciones. Mientras la conducción de variadas curvas, más rápidas algunas y otras más lentas, en Fórmula 1, en Indy Car reinan los óvalos a máxima velocidad. Cada persona tendrá sus preferencias, pero la emoción vuelta a vuelta de los circuitos ovalados, con más de treinta autos dando giros y giros y a máxima velocidad, solo puede vivirse en la Indy Car. Y qué mejor que verlo en las 500 Millas de Indianápolis, su carrera más importante.

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